CARTA A MARIANA, CON MANÍAS

ARENILLA por Alejandro Molinari

Querida Mariana: ¿Manías? ¡Las del pueblo! Jorge llegó a la casa, llevaba una bolsa, la dejó sobre la mesa, estaba llena de manías. ¿Mirás lo que digo? Claro, los comitecos saben de qué hablo. La bolsa estaba llena de cacahuates, en Comitán a los cacahuates les decimos manías. Bueno, en España no dicen cacahuates, dicen cacahuetes. Tal vez a los comitecos no les gustó esas dos sílabas iniciales de ca-ca que usan en el resto de México y en España, por eso le cambiaron el nombre y le llamaron manía al cacahuate. ¿De dónde viene esa costumbre? No lo sé. Crecí comiendo manías. Sara, sirvienta de la casa, iba al mercado, mi mamá le daba una lista y yo pedía que incluyeran una “medida” de manías. Mi mamá me consentía y le decía a Sara que sí, que estaba bien que comprara una medida de manías. Yo esperaba con ansias el regreso de Sara, porque llegaba con dos bolsas, una en cada mano, llenas de verduras, carne de pollo, pero con una medida de manías. Ah, qué deleite. Hasta la fecha pienso que los cacahuates comitecos superan, con mucho, a los que vende el señor Mafer, que es tan famoso en todo el mundo. No sé qué tiene de especial la tierra de esta región que permite crezca el cacahuate que tiene un sabor tan especial. Es tan rica la manía comiteca que no necesita sal, claro, a veces se me da el espíritu gourmet y me doy el lujo de hacer un preparado único: voy al mercado Primero de mayo y compro una bolsa (veinte pesos) de manías con cáscara. ¿Has visto cómo es el ritual para no sentirse defraudado al llegar a casa? Quien compra manía con cáscara se agacha, toma una manía del canasto, la abre a la mitad, le quita la telilla a una de las semillas y la lleva a su boca, es el momento sublime, cuando el catador reconoce el sabor y el dorado (a veces las manías están quemadas, porque al dorador se le pasó el tueste y esos granos toman un sabor desagradable), cuando las manías están bien doradas el sabor se potencia y se vuelve un deleite. ¡Sí!, dice el comprador, pide una bolsa y paga. Este ritual debe hacerse siempre, para no tener la frustración al llegar a casa de toparse con cacahuates mal dorados o quemados. Si el cacahuate no está bien dorado también tiene un sabor desagradable, se vuelve como un pedazo de chicharrón seco. La manía debe crujir a la hora que los dientes hacen su labor de quebrar el grano, los chefs dirían que es un crocante específico, sin igual. El otro día me tocó probar una salsa que tenía manías molidas, ah, qué buena combinación. Bueno, pues digo que a veces me da por hacer un preparado a la Molinari, pelo todas las manías, las pongo en un recipiente chaparrito, unas pequeñas gotas de aceite de oliva (muy pocas), más gotas de limón, una pizca de sal de mar (previamente molida) y chile (a veces agrego pempenchile curtido, le da un sabor exquisito; en otras ocasiones corto un “sietecaldos”, lo macero y refriego un pedazo en el fondo del recipiente para que el caldito del limón con sal y con aceite de oliva tome la esencia de ese chile que es tan apreciado por los comitecos. Juan Carlos Gómez Aranda siempre alaba el sabor del chile sietecaldos. ¿De verdad alcanza para siete caldos? En la tierra de las Nueve Estrellas es común comerlo a mordidas, una buena cucharada de caldo con verduras, un bocado de tortilla recién salida del comal y una mordida de chile (que está aderezado con unas gotas de limón y pizca de sal). Cuando hago mi manía especial, antes también preparo una limonada sin azúcar (a veces me da por hacer una limonada sin azúcar con agua mineral, sólo para variar tantito). Me gusta llevar el preparado a una mesita de plástico que tengo en la sala (que es donde como todos los días), me siento, prendo la televisión, busco el canal de MTv, veo y escucho canciones y disfruto la manía con picante, cuando mi boca siente el piquete de esa viborilla tomo un poco de limonada y esto provoca un placer como si viera desde la orilla, lejos de la orilla, el Cañón del Sumidero. ¿Por qué esta sensación? No lo sé. Tal vez porque un platillo mínimo causa un gran estímulo. Pienso que lo mismo sucede cuando un ser humano se para frente al imponente Cañón del Sumidero. El tío Cipriano jugaba con este juego de palabra comiteca, cuando veía que su hijo Armando llegaba con las bolsas del pantalón llenas de cacahuates (las dos, con manías con cáscara) y el hijo sacaba una manía y con una mano (tenía una gran habilidad) rompía la cáscara y desnudaba los granitos le decía: ¿por qué esta manía de comer manía? Ah, qué buen juego, el tío Cipriano con estas simples palabras daba los dos sentidos a la palabra. Manía ¿viene de maní? Maní es la palabra con que se le conoce al cacahuate en El Caribe. Dije que en España al cacahuate le dicen cacahuete. Los historiadores dicen que el cacahuate es originario de Sudamérica; es decir, los españoles también le han hecho modificaciones a la palabra original y nosotros, en Comitán, le hemos dado una gran torcedura. Yo, igual que mi primo Armando, tengo la manía de comer manía, esta manía la pepené en mi infancia, cuando Sara llevaba un puño de manías dentro de la bolsa del mandado. Ah, qué deleite recibir el puño de manías, sentarme en uno de los corredores de la casa y dedicarme a quitar la cáscara a cada manía y comer los granos exquisitos. Mi mamá me daba permiso de hacer eso con la condición de que al final yo tomara una escoba, un recogedor y dejara limpio el corredor, ella siempre bromeaba y decía que bien podía ser barriendo todo el corredor, yo no lo hacía, porque me sentía como un príncipe y decía que los príncipes no barren. Bobo. Posdata: cacahuate comiteco, delicia única. A nosotros, los comitecos, Míster Mafer nos hace los mandados y se queda con el vuelto. ¡Tzatz Comitán!